martes, 13 de marzo de 2012

LA ENSEÑANZA DEL MIEDO



En un mundo que prefiere la seguridad a la justicia, hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares de la seguridad.
En las calles de las ciudades, se celebran las ceremonias.
Cada vez que un delincuente cae acribillado, la sociedad siente alivio ante la enfermedad que la acosa.
La muerte de cada malviviente surte efectos farmacéuticos sobre los bienvivientes. La palabra farmacia viene de phármakos, que era el nombre que daban los griegos a las víctimas humanas de los sacrificios ofrendados a los dioses en tiempos de crisis.

El poder corta y recorta la mala hierba, pero no puede atacar la raíz sin atentar contra su propia vida. Se condena al criminal y no a la máquina que lo fabrica, como se condena al drogadicto, y no al modo de vida que crea la necesidad  del consuelo químico y su ilusión de fuga. Así se exonera de responsabilidad a un orden social que arroja cada vez más gente a las calles y a las cárceles que genera cada vez más desesperanza y desesperación. 
La Ley es como una telaraña, hecha para atrapar moscas y otros insectos chiquitos, y no para cortar el paso a los bichos grandes, ha comprobado Daniel Drew; y hace más de un siglo, José Hernández, el poeta, había comparado a la Ley con el cuchillo, que jamás ofende a quien lo maneja. Pero los discursos invocan la Ley como si la ley rigiera para todos y no solamente para los infelices que no pueden eludirla. Los delincuentes pobres son los villanos de la película; los delincuentes ricos escriben el guión y dirigen a los actores.

Eduardo Galeano. Patas arriba. La escuela del mundo al revés.
Agosto 1998.

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