domingo, 29 de septiembre de 2013

LOS PICHICIEGOS. FOGWILL

Los Pichiciegos es una novela que cuenta la historia de un grupo de soldados que para sobrevivir desertaron en Malvinas a principios de mayo del 82 y se refugiaron en una cueva que llaman la pichicera. Establecieron una organización propia y negocian comida y cigarrillos con las fuerzas del exterior.


Ellos se llaman así mismos lo pichis y pasan casi todo el tiempo bajo tierra. Para los pichis, que son santiagueños, tucumanos, porteños y de todos lados, los militares argentinos son corruptos, degenerados y cobardes. Y los ingleses son más profesionales, más organizados, más hijos de puta.

La novela despierta más preguntas en el lector respecto de la sociedad argentina y del mensaje de Fogwill. Si es que existe.

Los pichis viven bajo tierra y algunos salen afuera solamente por las noches, y pasan cosas como la que cuenta Fogwill más abajo:

Se acercaron despacio, sin hacer ruido, para ver quién andaba por ese campamento ya olvidado, y oyeron la voz de un oficial que estaba gritando y amenazando a alguien.

Frente al tipo, en el suelo, a la luz de una linterna caída, había un soldadito. Era un chico escuálido. 

Parecía no tener ni la edad de conscipto y lloraba. El capitán gritaba:
-     
    ¡Diga que es un británico hijo de puta!
Y el chico recitaba:
-         Soy un británico, soy un británico hijo de puta…
-         Más veces, diga –ladraba el oficial.
Y el chico repetía, con la voz cortada por el miedo y el frío.
-         ¡Béseme las botas cagadas! ¡Soldado! – mandaba el perro.
Y el chico se arrastraba por la luz de la linterna y lloraba y le besaba las botas.

A todos les dio asco. Asco, rabia, todo eso. El tipo ahora amenazaba:
-         A ver: ¡chúpeme la pija! ¡Soldado! Y se soltaba la bragueta con la izquierda mientras seguía apretando la Browning en su derecha.

Entonces vieron que Dorio tiraba las bolsas a la nieve y se le iba de atrás al oficial, justo cuando el soldado estaba por empezar a arrodillarse, muerto de miedo, temblando y oyeron la explosión, o el tiro: un ruidito.

Sonó muy suave, como una veintidós, y le pegó en la espalda al tipo, porque se vio que soltaba la pistola con desgano y apenas tambaleó, antes de darse vuelta como mirando qué pasaba.

Entonces el soldadito escapó hacia un médano que había ahí cerca y se perdió en la oscuridad, mientas que los otros pichis notaban una cosita verde en la espalda del gabán del milico, una manchita que iba creciendo y que el hijo de puta no supo qué era, porque seguía buscando donde estaba el que le había tirado.
-     
    ¡Qué pasa! – gritaba el hijo de mil putas sin entender.
-         Pero los pichis sí entendieron y Rubione codeaba entusiasmado a García para que viera cómo la lucecita verde pegada en el gabán empezaba a crecer, y se diera cuenta de que Dorio le había tirado con una de esas bengalas de auxilio de los botes ingleses.
Dorio, para entonces, se había escapado y los llamaba desde el médano. Ellos corrieron dándose vuelta, porque no querían dejar de ver cómo la luz verde crecía, se volvía grande como un plato, después de hizo como toda la espalda, y después fue todo el cuerpo, la cabeza, los brazos del hijo de remil putas que aullaba y hacía señas como de auxilio. Ellos se quedaron por el suelo mientras el aire les llevaba un olor a carne quemada, que parecía asado en mezcla con humo de cohete.

Cuando Rubione bajó del médano para robarse la linterna que había quedado prendida cerca del fuego verde, vio que por donde se había arrastrado el oficial queriéndose apagar, había nada más un montón de cenizas calientes, que cuando alguna de las rachas del viento frío de aquella noche les soplaba por encima largaban un chisporroteo verdoso.

Uno –suelo pensar- se alegra de que sucedan estas cosas.

El soldadito nunca apareció. Les hubiera gustado llevarlo para los pichis. Parece que había reconocido a Dorio, porque había sido de su batallón, y que anduvo después por el pueblo contando que lo había salvado un pichi muerto –el pichi Dorio-, el  que se le hizo fama de quemar con rayos verdes de bajo tierra a todos los degenerados que por entonces empezaba a abundar.
Y siempre que moría o desparecía un hijo de puta se le echaba la culpa al pichi Dorio, el milagroso.

Si el chico aquel no se murió y vive en alguna parte todavía hoy debe creer que vio una aparición y el recuerdo de aquello verde saltando y arrastrándose nunca se le va a ir de la cabeza. Porque esas cosas, de la cabeza, en una vida, no se borran así nomás.-


Fogwill. Los Pichiciegos. (páginas 86, 87, 88)  Editorial Sudamericana. Gentileza: Biblioteca Asencio Abeijón, Playa Unión.

Rodolfo Fogwill, 1941, 2010, escritor maldito argentino. También fue catedrático, publicista, empresario. Luego se reveló como escritor, mostrándose ajeno al comportamiento convencional y enfrente de los poderes establecidos.


La agencia Télam informa sobre un homenaje reciente celebrado en el Museo del Libro y de la Lengua. Allí, su escritora amiga María Moreno, decía los siguiente: "no quiero pensar lo que Fogwill hubiera dicho de estas jornadas y de todos los que formamos esta mesa, incluso de mí misma, a la que llamó, con diversos grados de simpatía bélica, policía, empleada, tortillera y lacaniana, lo que había en Fogwill era una pedagogía por el agravio".

"Se oponía a la legalización del aborto, de las drogas y al matrimonio igualitario, pero no por simple golpe de efecto; en sus coqueteos fascistoides y sus eslogans reaccionarios había siempre un punto de razón y el síntoma de un duelo patológico con la revolución, un trotskista para siempre", sostuvo la escritora.
Grimson, por su parte, apuntó: "por más brillo y creatividad que merecen tal o cual intervención, declaración o reportaje, estoy convencido que el aporte más significativo de la obra de Fogwill se encuentra en su poética, en su trabajo con la lengua, en su obra literaria".

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