jueves, 20 de febrero de 2014

Eduardo Galeano JUSTICIA SOCIAL


A fines del siglo diecinueve, Juan Pablo Acosta vivía en la frontera uruguaya con Brasil.
Su trabajo lo obligaba a ir y venir, de pueblo en pueblo, a través de aquellas soledades.

Viajaba en un carro de caballos, junto a ocho pasajeros de primera, segunda y tercera clase.
Juan Pío compraba siempre el pasaje de tercera, que era el más barato.

Nunca entendió porqué había precios diferentes.

Todos viajaban igual, los que pagaban más y los que pagaban menos: apretados unos contra otros, mordiendo polvo, sacudidos por el incesante traqueteo.

Nunca entendió porqué, hasta que un día de invierno el carro se atascó en el barro. Y entonces el mayoral mandó:
-¡Los de primera se quedan arriba!
-¡Los de segunda se bajan!
-Y los de tercera… ¡a empujar!

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